miércoles, 27 de septiembre de 2017

LA IGLESIA MONÁRQUICA: MONOPOLIO, ESCLAVITUD Y EXPLOTACIÓN


La iglesia se hallaba bajo el “Real Patronato” del monarca español y servía consecuentemente a la corona, a las administraciones locales y a los fines coloniales. Fue, durante siglos, el poder ideológico que permitió la explotación de las colonias por parte de los españoles y fue, al  mismo tiempo, una de las más grandes explotadoras de la fuerza de trabajo indígena y esclava, puesto que llegó a ser uno de los más poderosos terratenientes de América.

La Iglesia Católica, como institución, estuvo siempre al servicio de la política y del Estado colonial. William Foster señala que: “La Iglesia, naturalmente apoyaba y aplicaba todas las formas de servidumbre económica y política a la que fueron sometidos los trabajadores durante el período colonial, es decir: el peonaje de los indios, la total esclavitud de los negros y la esclavitud encubierta de los mestizos y blancos asalariados. Bajo ninguna circunstancia puede afirmarse que la iglesia haya sido una fuerza favorable a la abolición de la esclavitud y de la explotación en ningún lugar, ni en ningún momento, a lo largo del período en América. Ubicada en la finca del terrateniente, la Iglesia estaba tan vinculada al aparato de explotación de éste como la quinta al barracón de los esclavos.”
Que la Iglesia como institución no estuvo jamás contra la esclavitud, nos lo demuestra de manera fehaciente el hecho de que las comunidades eclesiales fueron las mayores esclavistas. Sirva como ejemplo de ello el caso de los jesuitas, quienes poseyeron en el Valle del Chota el más grande reducto esclavista de la Audiencia de Quito. Entre su haciendas del distrito de Ibarra, que eran verdaderos criaderos de esclavos negros, estaban de “Cuajara”, con 540 esclavos; la de “Santiago,” con 250; y la de Pimampiro, en la que había 122. También tenían propiedades similares en el distrito de Otavalo: “Concepción”, con 760 esclavos; “Chamanal”, con 300, y “Tumbaviro” con más de 100.



Los jesuitas, desde luego, la comunicad más rica de la Audiencia, no solo por su gran número de haciendas, regadas a lo largo de todo el país, sino porque poseían tierras de gran productividad, tales como las del Chota y el Pedregal, donde los jesuitas tenían más de 10.000 reses, además de las plantaciones de caña y tabaco y la industria del aguardiente. En un informe elevado a la Corona por el Virrey Amat, éste “se quejaba de los millares de botijas de aguardiente marcados con el sacrosanto nombre de Jesús y cuya venta era dirigida por los padres de la Compañía”.


Todas las propiedades de la Compañía de Jesús, con esclavos incluidos, pasaron a manos de Junta de Temporalidades, cuando la orden fue expulsada de América, en tiempos de Carlos III. Dicha Junta sacó a remate todas aquellas propiedades, que de éste modo quedaron en manos de las más poderosas y prestigiosas familias terratenientes de la Audiencia de Quito; hecho que ha sido calificado por el historiador Jorge Núñez como “la primera privatización de bienes públicos de la historia ecuatoriana”.

Pecaríamos de parciales si no reconociésemos que hubo voces religiosas que se levantaron a favor de indio o del negro, tales como las del padre Fray Bartolomé de las Casas o San Pedro Claver, pero no es menos cierto que esas voces fueron muy pocas y que, en todo caso, no representaban a la institución eclesiástica sino de sus dueños actuaron más bien a despecho de ésta. De todas las quejas y denuncias del padre Las Casas influyeron notablemente en la política de los reyes, quienes acogieron muchas  de sus recomendaciones y dictaron las famosas “Leyes Nuevas”, que pretendían proteger a los naturales americanos de la usurpación, maltrato y abusos de los españoles, sin lograrlo del todo.

El ascendiente moral que tenían los clérigos sobre las mujeres era uno de los métodos utilizados para conseguir de ellas permanentes “donativos piadosos”. Sirva como ejemplo la primera donación que los jesuitas consiguieron en Quito, hecha por Doña Clara de Bonilla, rica encomendera, la cual entrego a la orden 8.699 pesos en 1632. A mediados del siglo XVIII, el sacerdote jesuita Mario Cicala observa con mucho interés cómo las mujeres de la Audiencia de Quito eran espléndidas en sus donaciones y limosnas a la iglesia.

A lo largo de los tres siglos de vida colonial, muchas donaciones de este tipo fueron hechas a la Iglesia, en el momento previo a la muerte, por personas aristocráticas y adineradas de ambos sexos, las que eran manipuladas sicológicamente por los sacerdotes que los ayudaban a “bien morir”, quienes les ofrecían un lugar en el paraíso a cambio de la suculenta partida para la Iglesia y, más concretamente , para la orden a la que pertenecía dicho cura. Ello se convirtió en un mecanismo usado habitualmente por la Iglesia y las comunidades religiosas para acumular enormes cantidades de “bienes de manos muertas”, lo que finalmente convirtió a la Iglesia en el primer y más poderoso propietario terrateniente del país.

Un acervo crítico de la Iglesia en tierras americanas, quien vivió a principios del siglo XVIII en Quito y Guayaquil, el viajero Francisco Coreal, describe la inmensa avaricia de los funcionarios y comerciantes españoles, pero en especial de los eclesiásticos, de quienes afirma; “Las ocupaciones de los curas, consisten en jugar a los naipes, tomar chocolate y visitar su diócesis, no para instrucción de las almas sino para arrebatar alguna cosa a  los pobres indios, además de los diezmos y primicias.
Refirió, además, que las víctimas de los curas no eran solamente los indios, pues que también a los criollos los extorsionaban en el momento de la muerte. Cuando un criollo moría debía dejar en su testamento, antes que nada, una cantidad dedicada a las misas necesarias para el reposo de su alma. Desde luego, esta aseveración se puede comprobar fácilmente si se revisan los testamentos de la época y se encuentran además de los donativos por concepto de misas por el alma del difunto, otros a las ánimas del purgatorio, a diferentes advocaciones de la virgen, a las misiones, a la “Casa Santa de Jerusalén”, para las iglesias o capillas, para “el Santísimo Sacramento de la Iglesia de ermita de Nuestra Señora de la Merced”, “ para la beatificación de la Sierva de Dios Mariana de Jesús”. Desde luego, todas estas aportaciones iban a parar al mismo saco; el de la Iglesia. Por eso Coreal dirá que la principal heredera de los criollos era su alma y que “los curas y los conventos se reparten sus bienes juntamente con el alma del difunto.”

Por todas estas observaciones, que Francisco Coreal se permitió hacer inclusive públicamente, la Inquisición empezó a perseguirlo a través de sus diferentes comisarios, calificadores y familiares, razón que lo obligó a huir, disfrazado, en un convoy que viajaba hacia Panamá con mercaderías. Una vez Instalado en Inglaterra, este libre pensador escribió sus memorias, a fines del Siglo XVIII.

Jenny Londoño Lopez
Historiadora Ecuatoriana


martes, 27 de junio de 2017

JUANA DE ARCO - CONDENADA POR HOMOSEXUALIDAD Y TRAVESTISMO



VOCES FATALES - EL PROCESO DE JUANA DE ARCO



Juana de Arco nació en Donremy, Francia el 6 de enero de 1412 fue hija de Jaime de Arco un campesino pobre y sin ninguna instrucción. Su niñez fue apacible y feliz en compañía de su familia y numerosas amigas,  con quienes jugaba alegremente en la campiña francesa, a pesar del peligro que se cernía sobre ellas, por la presencia en suelo patrio de las intrusas tropas inglesas.
Una vez iniciada su adolescencia Juana experimentó una serie de fenómenos mentales que la condujeron  inconscientemente por la ruta del patriotismo hasta la muerte en la hoguera, todo empieza cuando la joven de 13 años confiesa  escuchar “voces divinas” provenientes de seres celestiales.

Con estos relatos impactantes, esta campesina consigue que su majestad Carlos VII la nombre comandante de las tropas francesas, las mismas que luego de sangrientas batallas pudieron  expulsar de suelo francés a los indeseables huéspedes ingleses.

Con la venia real y contando con 17 años de edad, Juana de Arco es jefe de guerra, adopta vestimenta masculina, bandera propia y se coloca al frente de un batallón de 10.000 soldados.   Ella participó con éxitos rotundos en las batallas de Orleáns y Patay entre otras, estos triunfos militares del ejército francés posteriormente permitieron la coronación de Carlos VII como rey de Francia.

En este período de su vida, la líder del ejército francés   mostraba una conducta   distinta a la de  las demás mujeres, este comportamiento atípico se  evidenció con mayor claridad durante la coronación del rey, sucedió que,  durante la ceremonia de investidura real, Juana huyó de la muchedumbre aristocrática y buscó refugio en una apartada covacha, con su mente atiborrada de angustia y crisis existencial.  A esta joven la cercanía de las mujeres  la ponía nerviosa y la volvía irritable.

Para esta militar los afectos femeninos eran un objetivo inalcanzable, por este motivo  se sentía condenada a renunciar al cariño de las mujeres, a los cuales no se atrevía a  mirar ni de reojo, al referirse a las esplendidas bellezas femeninas que formaban la corte, Juana con palabras entrecortadas por los sollozos que salían de lo más profundo de su inconsciente decía: “las damas de la corte me odian en el fondo de su alma”. Agobiada por actos fallidos e inhibiciones, esta jefa de ejércitos   buscaba tranquilidad entre sus tropas, en medio de las cuales se sentía  a salvo. Con este deplorable estado de  salud mental, para Juana de Arco el asunto de la guerra se convirtió en una obsesión que copó toda la razón de su vida.

Entre cantos de júbilo por las proezas de Juana de Arco su fama crecía por toda Francia, mientras esto sucedía en las calles, en el palacio real se empezaba a sospechar de que detrás de la figura de Juana de Arco se encontraba un equipo integrado por nobles, gremios e iglesia, quienes a través de este personaje buscaban formar un ejército propio, cuya misión sería obligar a  Carlos VII a  firmar  una carta de gobierno, para  romper con el absolutismo de la corona. En estos tiempos se comentaba que Juana de  Arco no era ni campesina ni improvisada sino la  hija de Isabel de Baviera.

Ante tal amenaza Carlos VII que no estaba dispuesto a aceptar un cogobierno puso a mover sus asesores, estos empezaron a idear un plan para deshacerse de la joven. Una vez expulsados lo ingleses de territorio francés, los borgoñeses capturaron a Juana y la vendieron a los ingleses al precio de 10.000 francos de oro. Los ingleses al encontrar “sospechosa” la conducta sexual de Juana consideraron que la institución adecuada para su juzgamiento era el Tribunal de la Santa Inquisición.
En este tribunal no se encontró ninguna novedad en las prácticas sexuales de Juana, puesto que  la prisionera había hecho un voto de virginidad perpetua, que la mantenía al margen que cualquier actividad sexual. A pesar de ello fue acusada de crimen nefando o contra natura, ya que según el criterio del tribunal inquisitorial, Juana se había arrogado un género que no correspondía a su “condición biológica”.

Durante el proceso la Inquisición  consideró a Juana de Arco como merecedora de la abominación de Dios por llevar “indumentaria masculina a la cual no tenía derecho”.

Para la cultura de aquella época, a Juana únicamente le podía corresponder la obediencia y el sometimiento sexual al varón, cualquier otra expresión sexual de esta mujer era sencillamente  inadmisible.

 A través de los siglos, a la sociedad le ha costado aceptar que las mujeres se pudieran sentir atraídas por otras mujeres, el común de la gente participaba de una concepción falo céntrica de la sexualidad, las mujeres podían sentirse atraídas exclusivamente por los hombres,  en cambio aunque proscrito y  si se aceptaba que los hombres pudieran sentirse atraídos por otros hombres, pero jamás en una mujer podían despertarse deseos sexuales y afectivos  hacia otras mujeres. Las relaciones lésbicas fueron banalizadas y consideradas sencillamente imposibles de suceder.
Ser mujer equivalía a ser femenina por lo tanto no masculina. Toda mujer que osaba desarrollar actitudes atribuidas al varón era calificada como bruja o desequilibrada mental, por esta situación Juana fue también acusada por el Santo Oficio como “invocadora de demonios”.

El lunes 28 de mayo de 1431 en las celdas inquisitoriales, Juana de Arco era víctima de los miembros del Santo Tribunal quienes le aplicaban torturas físicas que la hacían desplomarse y perder el conocimiento entre convulsiones y gemidos estremecedores. 

Ante estas mazmorras infernales llegó el obispo de Beauvais, Pedro de Cauchon presidente del tribunal que juzgaba a Juana de Arco. Al verificar que la prisionera no renunciaba a vestirse de hombre, le preguntó por qué lo hacía, ella con firmeza le contestó: “Lo hice por mi voluntad sin que nadie me obligue. Me gusta más vestirme de hombre que de mujer. Además, jamás hice juramente de no volverlo hacer”.

El historiador cubano Felipe de J Pérez Cruz considera que la acusación de homosexualidad fue utilizada en Europa en muchas ocasiones para proteger intereses económicos y destruir enemigos políticos, por esta razón el tribunal que procesó  a Juana de Arco dio tanta importancia al “travestismo de la valiente mujer”.

En la Edad Media,  época de mayor represión para    la  sexualidad de los seres humanos,  era considerado como homosexual todo varón afeminado o mujer masculinizada, sin embargo las investigaciones  presentadas por especialistas en el tema como el sexólogo y humanista Siegfried Schnabl  dan a conocer  que solo un 10 o 15 % de la población homosexual presenta signos externos que los hace visibles, por otra desde el ámbito de la endocrinología se afirma   que homosexuales y heterosexuales cromosomáticamente son indistinguibles y su única diferencia está en como expresan su sexualidad.

En la época de   juzgamiento a Juana de Arco se pensaba que cuando el rol de género no era congruente con el sexo biológico, se tenía a una persona con evidencia de desequilibrio psicológico e inversión sexual. Actualmente  en el campo médico se considera que el género, el sexo y  la orientación sexual son independientes el uno del otro.

La tortura para Juana de Arco  terminó el 30 de mayo de 1431, cuando la inquisición la quemó viva luego de 1 año de cárcel, suplicios y humillaciones.  Los asesinos de esta heroína francesa,  consideraron a la  masculinidad de su víctima  como una expresión de homosexualidad latente, a pesar de que no existieron pruebas concluyentes que indique que Juana de Arco era homosexual.
Los estudios de género realizados por la doctora en psicología  Ana Gracia - Mina  señalan que en ningún momento un varón afeminado o una mujer masculinizada, son señales de problemas psicológicos y biológicos o de lesbianismo u homosexualidad. Pues hoy en día, la congruencia entre varón y género masculino y mujer y género femenino, han sido sustituidos en el campo científico por el criterio de que  la andrógina psicológica en los seres humanos es el prototipo de salud mental. Los trabajos de estas profesionales  indican que el modelo de masculinidad y feminidad  que la sociedad obliga de manera radical a llevar a varones y mujeres es el camino que los conduce a adquirir enfermedades psicológicas como: el alcoholismo, drogadicción, fobias, histerias o depresión.
Mentes brillantes a lo largo de la historia han repudiado el  imperdonable acto cometido en contra de Juana de Arco, quien debió haber tenido, todo el derecho para empoderarse de su sexualidad sin intromisión de nadie, pues variables como el género o la orientación sexual son para cada ser humano tan legítimas y profundas como los latidos del corazón.

El proceso inquisitorial presentado, es un compendio de todas las aberraciones científicas que dominaban el medioevo y que fueron el principal obstáculo para el desarrollo material, moral y cultural de la humanidad. 

Eduardo Ramón L.©

Fuentes:
Primarias:
Proceso a Juana de Arco en J.J. Brousson
Extracto de las declaraciones de los comparecientes ante el Tribunal de Poitiers. (Francia)

Secundarias:
Ana García- Mina: Desarrollo del género en la feminidad y la masculinidad
Eribon, Didier: Reflexiones sobre la cuestión gay
Pérez Cruz, Felipe de J.: Homosexualidad, homosexualismo y hética humanista
Llamas, Ricardo: Teoría Torcida
Morillo Vivanco, Rosa: Mujeres Estelares 

Bibliotecas Consultadas:
Pontificia Universidad Católica del Ecuador  - Quito
Universidad Andina Simón Bolívar – Quito
Universidad Técnica Particular de Loja – Loja

lunes, 26 de junio de 2017

LA BRUTALIDAD DE LOS PERROS DE DIOS, LOS DOMINICOS



Entre los años 1231 y 1235 el papa Gregorio IX organizó tribunales eclesiásticos para descubrir y castigar la herejía, la encargada de esta misión fue la orden religiosa de los dominicos. El nombre de esta congregación religiosa se deriva de la voz latina “Domine Cannes” que significa “perros de Dios”.

La iglesia cristiana  desde sus albores estuvo convencida que los placeres carnales injurian a Dios y a la sociedad, por esta razón los definió como  pecados aberrantes que se debían castigar con las rigurosas leyes   del tribunal del Santo Oficio, esta institución calificó como delito a todo acto sexual que no culminaba con la inseminación de la mujer.  Desde su creación la Santa Inquisición estimó a todas las  practicas sexuales infecundas  como “crimen contra natura”, de una inmensa lista de estas prácticas, la homosexualidad masculina fue considerada la infracción más grave, por ello se la llamó también “el crimen sin nombre” o “pecado nefando”.

Con el descubrimiento de América, los obispos que participaron en la conquista organizaron en esta región del mundo tribunales inquisitoriales provisionales para castigar las costumbres de los indígenas y las “conductas escandalosas y deshonestas de algunos soldados españoles”. Estos pseudo tribunales que no fueron establecidos por decreto oficial,  sin ningún juicio condenaron a una cantidad indeterminada de indígenas, negros y mestizos    a penas monstruosas. A este episodio los historiadores lo denominan: “La inquisición primitiva en América”

Una vez organizada la América española en virreinatos y reales audiencias, las denuncias efectuadas por los obispos de Quito y el Cuzco ante el Inquisidor General, motivaron a   Felipe II a dictar una cédula real el 25 de enero de 1569 en la cual se mandaba establecer  tribunales del Santo Oficio en Lima y México.

Los trabajos  que sobre los archivos inquisitoriales efectuara  el historiador chileno José Toribio Medina y los documentos recopilados por  el padre dominico   Vacas Galindo, permiten conocer que una poderosa razón para instaurar el tribunal del Santo Oficio en Lima fue la condición religiosa de los habitantes de la Gobernación de Yaguarzongo (Loja) en la Real Audiencia de Quito, pobladores que se habían ganado la animadversión del obispo de Quito, Pedro de la Peña y Montenegro el cual no cesaba de denunciarlos ante el Inquisidor General   tildándolos de “la escoria del mundo” (judíos).

En el año 1570 en las ciudades de Lima y México fueron creados los primeros tribunales del Santo Oficio de la Inquisición en el Nuevo Mundo, así mismo en el año 1608 fue establecido en la ciudad de Cartagena de Indias un nuevo tribunal de la Inquisición, en vista de que los dos primeros tribunales no avanzaban a tramitar tantos procesos judiciales, la Real Audiencia de Quito estuvo incorporada al territorio jurisdiccional asignado al tribunal limeño.

La fundación del tribunal de la Inquisición en Indias, formó parte de un maquiavélico proyecto político lanzado por el rey Felipe II en 1569 con el objeto de robustecer el poder de su monarquía en tierras americanas. El Santo Oficio fue visto como la institución más precisa par a vigilar las costumbre e imponer el silencio en cuestiones ideológicas.

La Inquisición utilizó la represión sexual como un instrumento de dominación, convirtiendo al sexo en algo degradante. Los archivos inquisitoriales permiten saber que el Santo Oficio actuó de forma brutal contra los homosexuales que no se sometieron a los mandatos de la iglesia. Los métodos de tortura utilizados por el macabro tribunal sólo se pueden comparar con aquellos que utilizaron los nazis o los militares sudamericanos que actuaron en la “guerra sucia”.

El Santo Tribunal fundado por poder real en América, mantuvo atribuciones separadas de la justicia ordinaria y muy superiores a ella y a los mandatarios en cuyas provincias funcionó. Por otra parte, desde 1570  la población indígena quedo fuera del control de la inquisición, pues para juzgar a esta población se creó el “Tribunal de extirpación de idolatrías”.

En 1572 el tribunal de la Inquisición ordenó a sus verdugos , el arresto de fray Francisco de la Cruz en el convento de Santo Domingo en Quito, este teólogo utilizó los delirios místicos de una beata, para anunciar que un niño abandonado a las puertas de una misión limeña, dirigiría a los indios y negros en su lucha para liberar al Perú de la dominación española, durante el juicio que duró cerca de seis años, De la Cruz fue acusado de hereje, dogmatizador y apostata,  de “haber caído en el pecado nefando con dos frailes de su Orden”. En el desarrollo del proceso, el dominico acusó a sus compañeros de Monasterio y Orden, de que la mayoría de ellos disfrutaban de una intensa vida homosexual “en especial los frailes novicios”.

El 13 de abril de 1578 en un auto de fe realizado en las plaza mayor de Lima, murió en la hoguera fray Francisco de la Cruz, un motivo determinante para su ejecución fue la abierta identificación del este sacerdote con las tesis humanistas planteadas por fray Bartolomé de las Casas, por lo que su espantoso final fue una temible advertencia para aquellos que pretendía convertirse en abogados de negros e indios ante la durísima política de la Corte española.

En esta misma época fue procesado por el Santo Oficio fray Francisco del Rosario Paguague guardián del convento de San Diego en Quito, este religioso fue detenido en el mercado cuando comercializada una extraña hierba llamada “espuela de caballero”.

El sacerdote fue encontrado por las pesquisas de la inquisición cuando    convencía  a su clientela masculina del poder de su hierba, vegetal con el cual según Paguague no existía hombre que se resista a “atender sexualmente a otro hombre”. Por la poca importancia del procesado el Santo Oficio le impuso la penitencia de quemar sus hierbas y rezar todos los sábados el rosario..

En las postrimerías del siglo XVI en un delito de sodomía fue sindicado el Dr. .Manuel Barros de San Millán, presidente de la Real Audiencia de Quito, y uno de los gestores de la defensa de los pueblos indígenas en América.

El conflicto empezó en 1590 cuando el párroco de Malambo un barrio marginal de la ciudad de Lima, denunció a su esclavo Andrés Cupi, por haber corrompido con el pecado nefando a otros esclavos de la parroquia, apenas fue depositado el acusado en las cárceles, empezaron a quejarse los reclusos de la prisión porque todas las mañanas amanecían con “el trasero baborreado y amortiguado”. Una vez iniciadas las averiguaciones, un testigo narró que :”estando este testigo en el calabozo durmiendo con los demás negros... se acercó a él un negro que le dicen Andrés Cupi, le metió una pierna entre las piernas... y le empezó alzar la camisa y  quererle volver boca abajo.. y juntamente con esto le llegó con la mano a la boca, no sabe si fue para besarse o para taparle la boca... Al querer volverle a poner boca a bajo... le mordisqueó las tetillas y le metió el dedo en el culo” y entonces este testigo desbocado de excitación agarró a Andrés por las muñecas y son su gigantesco miembro viril a punto de explorar lo penetró por atrás”.

Y es así como Andrés llegó a tener relaciones sexuales con varios presos, con estos testimonios quedó claro para las autoridades que el negro era culpable de sodomía, y que aprovecho su estancia en la  cárcel de la Audiencia de Lima para enamorar hombres, y por ello condenaron al culpable a la pena de garrote vil.  Sin embargo los jueces no contaron con la verbosidad del reo quien se defendió vigorosamente denunciando a algunos personajes que habían compartido con él los placeres amatorios, pues el negro había conocido íntimamente a: “el obispo de Huamanga, al presidente de la Real Audiencia de Quito, Dr. Manuel Barros de San Millán, a un oidor de Charcas, al prior del convento de los dominicos del Cuzco, al Capitán de Lanzas y Arcabuces del Virrey, al corregidor de la Villa de Potosí, a tres frailes cuyos nombres no recuerda, a varias encomenderos y gentiles hombres al servicio de Su Majestad, a  cientos de hermosos, rollizos  y rubios jovencitos miembros de las familias más nobles y al mismísimo párroco de Malambo”.

Finalmente la Audiencia de Lima al ver que en el juicio estaban involucradas las más altas autoridades civiles, militares y eclesiásticas del virreinato decidieron suspender el litigio, en beneficio de la moral pública, y devolver al negro    Andrés a su celoso y desconsolado amante, el párroco de malambo.

En 1585 fue procesado por el tribunal de la Inquisición de México, don Pedro de Melgar quien fue acusado de “inducir a los indios a la sodomía”; la táctica de este personaje era espiar a los indios cuando estos se bañaban u orinaban, luego sigilosamente se les acercaba y dulcemente les tomaba del miembro viril para ávidamente bazuquearlo y en “aquel arrebato libidinoso a forma de susurro les decía que aquello no era pecado, pues él no conocía a nadie que no se encantara dicho asunto”.

Con estas pruebas la pena que le esperaba a don Pedro de Melgar eran  morir quemado vivo, morir destrozado por garrotes o  remar en galeras de por vida.

En 1624 en el tribunal del Santo Oficio de Cartagena de Indias fue condenado por “nefandísima maldad” Francisco de Luca, este reo durante la indagación fue  brutalmente golpeado por los hermanitos de la orden dominica y su débil humanidad no soportó tales tormentos,  falleciendo en la cárcel antes de recibir la sentencia del juez del Santo tribunal, ante este percance la inquisición hizo pasear por las calles de la ciudad una estatua del difunto para que la población pudiera vejarla y degradarla.

En 1631 en la ciudad de Panamá se tramitó la causa del licenciado Juan Bautista Ortegón , el caballero fue acusado de “amancebamientos y sodomías” por todo el mundo desde Nápoles hasta América. Cuando empezaron las confesiones del recluso las exclamaciones de asombro, envidias disimuladas, sudoraciones y tartamudeos de los miembros del Santo Tribunal cundieron por todo    el juzgado.

El licenciado Ortega comentó  sin tapujos que le era difícil precisar si “el sexo era más rico por delante o por atrás, puesto que a él le gustaba por ambos lados... que no existía órgano más erógeno que el ano... que el podía complacer a los hombres súper aventajados porque sabía lo que a ellos les gustaba... y que con el culo le tapaba la boca a cualquier cabrón” .

Este juicio duró varios años y por esto el secretario del tribunal de Cartagena comentaba tristemente que al reo “se le ha permitido contar por menores del discurso de su vida, que resulta a veces llena de torpezas tan asquerosas que la pluma se resiste a entrar en ese terreno”.

Transcurridos más de cinco años de juicio en el que Ortega permaneció en las cárceles de la Inquisición, cierta noche el prisionero recibió la visita privada y en su celda del inquisidor Veles y Argos, luego de esto y a pesar del escándalo general    el juicio falló a su favor. Por esto razón Ortega salió de la cárcel inquisitorial campante y muy resuelto   retornó a sus andanzas.

Por los múltiples roles que Juan Bautista Ortegón podía desempeñar durante el coito homosexual  se lo llamó:    “hijo del diablo por los cuatro costados”.

En 1736 fue procesado por el tribunal limeño Bernabé Morillo y Otarola natural de Callao de cuarenta años de edad y de profesión grumete, este penitenciado dio a conocer los actos de exhibicionismo que se daba dentro del ejercito, la  masturbación colectiva que la soldadesca realizaba  y la exagerada consideración que  se daba a los militares en función del tamaño de su pene. En diciembre de 1736 el recluso fue condenado a cárcel perpetua por actos indecentes, a ser paseado desnudo por las calles de Lima y a recibir doscientos azotes.

Las narraciones contenidas en los juicios de este tipo, son una aproximación al ambiente de la sociedad colonial, muy formal y recatada externamente, pero internamente hirviendo entre lujurias y fantasías homosexuales.

Existen también varios informes oficiales que permiten conocer como se realizaba la vida homosexual durante la colonia, así como cuales eran los sitios de ligue preferidos por los gays.

El Conde de Villar informó a la Corona española con todo lujo de detalles sobre las costumbres de los reinos del Perú, en su relación indicó que  muchos sacerdotes, confesores , clérigos y religiosos con grave escándalo del pueblo cristiano, “se atreven a solicitar a los varones en el acto de confesión favores sexuales, induciéndolos y provocándolos con palabras y obras para actos torpes y deshonestas entre sí mismos o para que lo hagan con terceros”.  El Conde también narra como algunos clérigos  salen de los conventos para en “pláticas indecentes y réprobas conseguir hombres para sus deleites o para el deleite de  otros y luego de mantener actos sodomíticos prohíben a las personas con quienes los comentes que se confiesen con otros confesores”. La relación del Conde de Villar es reafirmado por Jorge Juan y Antonio de Ulloa quienes llenos de escándalo    califican a los conventos de Quito como “públicos burdeles, teatro de abominaciones y execrables vicios”.

Por estos testimonios es evidente que los escenarios dela vida homosexual conciente fueron  los conventos y  los escenarios de la vida gay inconsciente fue los ejércitos.

Analizando los procesos inquisitoriales se puede descubrir que de entre los miembros del clero, solamente fueron procesados por sodomía aquellos sujetos que no tuvieron ningún cuidado en disimular su conducta y más bien alardearon públicamente sus hazañas.

A pesar de existir mucha documentación en España sobre juicios planteados por pecado nefando, la mayoría de historiadores han evitado estudiar los procesos, para no verse involucrados con el tratamiento del tema gay y la represión antihomosexual.

Dos hechos históricos  impiden en la actualidad estudiar en América los procesos inquisitoriales, el primero se dio en la guerra del Pacífico durante el desembarco de las tropas chilenas en Lima, al tomar la ciudad, los soldados ocupantes quemaron la ciudadela de Miraflores y con ello los archivos inquisitoriales que se guardaban en esta capital virreinal. Por otra parte muchos investigadores de  sucesos anecdóticos en la historia del Ecuador aseguran,  que los documentos inquisitoriales que reposaban en el convento de Santo Domingo en Quito fueron quemados deliberadamente por sus custodios en la hacienda de San Agustín del Callo, cuando  Eloy Alfaro ingresó victorioso a la ciudad de Quito durante la revolución liberal.

Con la Abolición definitiva del tribunal del Santo Oficio en 1820 se cierra uno de los capítulos más incomprensibles y vergonzosos de la historia de la humanidad, en el cual el poder real y el clero sustentados en una ideología excluyente y represiva fueron responsables directos de actos de lesa humanidad.

Fuentes Primarias

Archivo General de Indias de Sevilla, Sección Escribanía de Cámara, legajo 499/B

Archivo Histórico Nacional de Madrid, Sección Inquisición legajo 1647/1
Jorge Juan y Antonio de Ulloa, Noticias, Secretas de América
Colección Vacas Galindo 1565-1569, Cartas de Monseñor Pedro de la Peña y Montenegro al Inquisidor General

Fuentes Secundarias
Iwasaki Cauti Fernando, Inquisiciones Peruanas
Medina José Toribio, La Inquisición en el Río de la Plata
Medina José Toribio, La Inquisición en México.
Medina José Toribio, Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Lima
Palma Ricardo, Anales de la Inquisición Limeña.

Eduardo Ramón L.©