miércoles, 27 de septiembre de 2017

LA IGLESIA MONÁRQUICA: MONOPOLIO, ESCLAVITUD Y EXPLOTACIÓN


La iglesia se hallaba bajo el “Real Patronato” del monarca español y servía consecuentemente a la corona, a las administraciones locales y a los fines coloniales. Fue, durante siglos, el poder ideológico que permitió la explotación de las colonias por parte de los españoles y fue, al  mismo tiempo, una de las más grandes explotadoras de la fuerza de trabajo indígena y esclava, puesto que llegó a ser uno de los más poderosos terratenientes de América.

La Iglesia Católica, como institución, estuvo siempre al servicio de la política y del Estado colonial. William Foster señala que: “La Iglesia, naturalmente apoyaba y aplicaba todas las formas de servidumbre económica y política a la que fueron sometidos los trabajadores durante el período colonial, es decir: el peonaje de los indios, la total esclavitud de los negros y la esclavitud encubierta de los mestizos y blancos asalariados. Bajo ninguna circunstancia puede afirmarse que la iglesia haya sido una fuerza favorable a la abolición de la esclavitud y de la explotación en ningún lugar, ni en ningún momento, a lo largo del período en América. Ubicada en la finca del terrateniente, la Iglesia estaba tan vinculada al aparato de explotación de éste como la quinta al barracón de los esclavos.”
Que la Iglesia como institución no estuvo jamás contra la esclavitud, nos lo demuestra de manera fehaciente el hecho de que las comunidades eclesiales fueron las mayores esclavistas. Sirva como ejemplo de ello el caso de los jesuitas, quienes poseyeron en el Valle del Chota el más grande reducto esclavista de la Audiencia de Quito. Entre su haciendas del distrito de Ibarra, que eran verdaderos criaderos de esclavos negros, estaban de “Cuajara”, con 540 esclavos; la de “Santiago,” con 250; y la de Pimampiro, en la que había 122. También tenían propiedades similares en el distrito de Otavalo: “Concepción”, con 760 esclavos; “Chamanal”, con 300, y “Tumbaviro” con más de 100.



Los jesuitas, desde luego, la comunicad más rica de la Audiencia, no solo por su gran número de haciendas, regadas a lo largo de todo el país, sino porque poseían tierras de gran productividad, tales como las del Chota y el Pedregal, donde los jesuitas tenían más de 10.000 reses, además de las plantaciones de caña y tabaco y la industria del aguardiente. En un informe elevado a la Corona por el Virrey Amat, éste “se quejaba de los millares de botijas de aguardiente marcados con el sacrosanto nombre de Jesús y cuya venta era dirigida por los padres de la Compañía”.


Todas las propiedades de la Compañía de Jesús, con esclavos incluidos, pasaron a manos de Junta de Temporalidades, cuando la orden fue expulsada de América, en tiempos de Carlos III. Dicha Junta sacó a remate todas aquellas propiedades, que de éste modo quedaron en manos de las más poderosas y prestigiosas familias terratenientes de la Audiencia de Quito; hecho que ha sido calificado por el historiador Jorge Núñez como “la primera privatización de bienes públicos de la historia ecuatoriana”.

Pecaríamos de parciales si no reconociésemos que hubo voces religiosas que se levantaron a favor de indio o del negro, tales como las del padre Fray Bartolomé de las Casas o San Pedro Claver, pero no es menos cierto que esas voces fueron muy pocas y que, en todo caso, no representaban a la institución eclesiástica sino de sus dueños actuaron más bien a despecho de ésta. De todas las quejas y denuncias del padre Las Casas influyeron notablemente en la política de los reyes, quienes acogieron muchas  de sus recomendaciones y dictaron las famosas “Leyes Nuevas”, que pretendían proteger a los naturales americanos de la usurpación, maltrato y abusos de los españoles, sin lograrlo del todo.

El ascendiente moral que tenían los clérigos sobre las mujeres era uno de los métodos utilizados para conseguir de ellas permanentes “donativos piadosos”. Sirva como ejemplo la primera donación que los jesuitas consiguieron en Quito, hecha por Doña Clara de Bonilla, rica encomendera, la cual entrego a la orden 8.699 pesos en 1632. A mediados del siglo XVIII, el sacerdote jesuita Mario Cicala observa con mucho interés cómo las mujeres de la Audiencia de Quito eran espléndidas en sus donaciones y limosnas a la iglesia.

A lo largo de los tres siglos de vida colonial, muchas donaciones de este tipo fueron hechas a la Iglesia, en el momento previo a la muerte, por personas aristocráticas y adineradas de ambos sexos, las que eran manipuladas sicológicamente por los sacerdotes que los ayudaban a “bien morir”, quienes les ofrecían un lugar en el paraíso a cambio de la suculenta partida para la Iglesia y, más concretamente , para la orden a la que pertenecía dicho cura. Ello se convirtió en un mecanismo usado habitualmente por la Iglesia y las comunidades religiosas para acumular enormes cantidades de “bienes de manos muertas”, lo que finalmente convirtió a la Iglesia en el primer y más poderoso propietario terrateniente del país.

Un acervo crítico de la Iglesia en tierras americanas, quien vivió a principios del siglo XVIII en Quito y Guayaquil, el viajero Francisco Coreal, describe la inmensa avaricia de los funcionarios y comerciantes españoles, pero en especial de los eclesiásticos, de quienes afirma; “Las ocupaciones de los curas, consisten en jugar a los naipes, tomar chocolate y visitar su diócesis, no para instrucción de las almas sino para arrebatar alguna cosa a  los pobres indios, además de los diezmos y primicias.
Refirió, además, que las víctimas de los curas no eran solamente los indios, pues que también a los criollos los extorsionaban en el momento de la muerte. Cuando un criollo moría debía dejar en su testamento, antes que nada, una cantidad dedicada a las misas necesarias para el reposo de su alma. Desde luego, esta aseveración se puede comprobar fácilmente si se revisan los testamentos de la época y se encuentran además de los donativos por concepto de misas por el alma del difunto, otros a las ánimas del purgatorio, a diferentes advocaciones de la virgen, a las misiones, a la “Casa Santa de Jerusalén”, para las iglesias o capillas, para “el Santísimo Sacramento de la Iglesia de ermita de Nuestra Señora de la Merced”, “ para la beatificación de la Sierva de Dios Mariana de Jesús”. Desde luego, todas estas aportaciones iban a parar al mismo saco; el de la Iglesia. Por eso Coreal dirá que la principal heredera de los criollos era su alma y que “los curas y los conventos se reparten sus bienes juntamente con el alma del difunto.”

Por todas estas observaciones, que Francisco Coreal se permitió hacer inclusive públicamente, la Inquisición empezó a perseguirlo a través de sus diferentes comisarios, calificadores y familiares, razón que lo obligó a huir, disfrazado, en un convoy que viajaba hacia Panamá con mercaderías. Una vez Instalado en Inglaterra, este libre pensador escribió sus memorias, a fines del Siglo XVIII.

Jenny Londoño Lopez
Historiadora Ecuatoriana


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